El hombre más feliz que mis ojos han visto

Felicidad. Es lo que todos perseguimos, nuestro objetivo en la vida. En eso estamos todos de acuerdo, pero ¿qué hace cada uno para alcanzarla? Aquí si tenemos diferencias.

En el mundo al que no quiero volver, la mayoría de la población ocupada pasa entre 10 y 12 horas fuera de casa de lunes a viernes, así que entre semana no queda mucho tiempo para la felicidad, salvo que NOS DEDIQUEMOS A ALGO QUE NOS HAGA FELICES.

Si preguntamos, mucha gente nos dirá que se da con un canto en los dientes por tener un trabajo, que no está la cosa como para encima exigirle al susodicho trabajo que nos aporte felicidad. Te preguntarán que en qué mundo vives, o de qué guindo te has caído, si te planteas asociar felicidad con trabajo.

Sólo nos queda el fin de semana para “ser felices”, así que hay que salir a comer, a cenar, a tomar el aperitivo, y si puede ser fuera de la ciudad mejor.

Por lo demás, sólo nos queda comprar cosas inútiles con las que consolarnos, e intentar convencernos de que, con un buen cambio de look, o calzándonos unos zapatos más caros, subirá nuestro nivel de satisfacción vital.

 Muchos visualizan la idea de felicidad con la imagen de su comida favorita, un buen chuletón (o la versión vegana para quien no coma carne). Prueba de ello son la cantidad de fotos de platos de comida que se cuelgan en las redes sociales. ¿Qué hacemos barbacoa? Foto. ¿Qué salimos a comer al japo de moda? Foto. Porque hay que mostrarle al mundo lo felices que somos.

 No nos engañemos, ni confundamos felicidad con placer. Puede ser muy placentero saborear un plato exquisito, pero feliz, lo que se dice feliz por comérselo, sólo es aquel que no tiene para comer. Ese sí es feliz comiendo. El resto sólo está satisfaciendo temporalmente una necesidad inventada.

Tengo amigos a los que les ha cambiado la cara y el gesto según han pasado los años y han ido escalando posiciones en la jerarquía empresarial. Conducen mejores coches, y van siempre impecablemente vestidos. Pero su sonrisa no es la de ayer.

Algunos dirán que nuestros padres también trabajaban, y mucho, hasta los sábados por la mañana. Y se les veía felices. Es verdad. Trabajaban mucho. Pero hay una sutil diferencia entre las empresas de aquella época y las de ahora:  antes no eras un número. Eras un empleado, con nombre y apellidos. Antes no vivías con el miedo de perder tu puesto de trabajo. Ahora convives con él incluso siendo “el empleado del mes” porque en cualquier momento llega una fusión, y para obtener las consabidas sinergias, es necesario poner de patitas en la calle a 1500 personas de golpe y porrazo. Y entre esas 1500 estás tú. Y no pasa nada, porque sólo eres un número, no pasa nada porque aquí de lo que se trata es de obtener RENTABILIDAD. El mundo gira ahora en torno a la rentabilidad y lo demás no importa.

Esa es la pequeña diferencia.

Cuando yo era una niña, salir a comer a un restaurante era una “excepción tan excepcional” que la frecuencia de tal milagro se daba menos de una vez al año.

Ni yo ni mi familia fuimos jamás infelices por eso.

Pero ahora, si no te llegan los cuartos para salir a comer el fin de semana ¡qué desdicha tan grande!

Me pregunto qué ha cambiado, por qué antes con mucho menos éramos más felices. Y a lo largo de los últimos años, a base de viajar a países menos “desarrollados” (para mí, países menos “idiotizados”) he ido aprendiendo mucho sobre este tema, observando a las personas.

Mi conclusión es que aquí andamos “abducidos” por un sistema que nos tiene tan bien aleccionados que ni cuenta nos damos de que hace tiempo que no tomamos nuestras propias decisiones, que no tenemos gusto propio, que las riendas de nuestras vidas las están llevando otros, y nunca a nuestro favor. Hace tiempo que ni siquiera nos dejan ser dueños de nuestra propia felicidad.

Se me viene a la cabeza una de tantas historias que he leído o escuchado mientras vivía en Ecuador, que contaba cómo los indígenas de la sierra eran contratados para trabajar en la costa en régimen de semi-esclavitud. Vivían hacinados en condiciones infrahumanas, y para consolarse en sus pocas horas libres, el mismo patrón que les explotaba les vendía, a precio de oro, aguardiente local para ahogar las penas, y de paso, recuperar la inversión. Un negocio redondo.

A veces tengo la sensación de que, aunque sea a otro nivel, estamos cayendo en “la trampa del indio”.

Termino esta publicación de forma más esperanzadora recordando el día en que vi al hombre más feliz que mis ojos han visto, también en esas tierras ecuatorianas.

Estaba casi al borde de un sendero, tumbado sobre la hierba en una pequeña loma, desde la que controlaba las ovejas que pastaban a su alrededor. Se levantó a saludarnos y en su cara pude ver, muy lejos del Paseo de la Castellana, el rostro de la felicidad.

P.D. La imagen es real, tomé esta foto hará un par de años, frente a una joyería. Me produjo tremendas nauseas, pero aun así la guardé para cuando llegara tal día como hoy.

Felicidad. Es lo que todos perseguimos, nuestro objetivo en la vida. En eso estamos todos de acuerdo, pero ¿qué hace cada uno para alcanzarla? Aquí si tenemos diferencias.

En el mundo al que no quiero volver, la mayoría de la población ocupada pasa entre 10 y 12 horas fuera de casa de lunes a viernes, así que entre semana no queda mucho tiempo para la felicidad, salvo que NOS DEDIQUEMOS A ALGO QUE NOS HAGA FELICES.

Si preguntamos, mucha gente nos dirá que se da con un canto en los dientes por tener un trabajo, que no está la cosa como para encima exigirle al susodicho trabajo que nos aporte felicidad. Te preguntarán que en qué mundo vives, o de qué guindo te has caído, si te planteas asociar felicidad con trabajo.

Sólo nos queda el fin de semana para “ser felices”, así que hay que salir a comer, a cenar, a tomar el aperitivo, y si puede ser fuera de la ciudad mejor.

Por lo demás, sólo nos queda comprar cosas inútiles con las que consolarnos, e intentar convencernos de que, con un buen cambio de look, o calzándonos unos zapatos más caros, subirá nuestro nivel de satisfacción vital.

 Muchos visualizan la idea de felicidad con la imagen de su comida favorita, un buen chuletón (o la versión vegana para quien no coma carne). Prueba de ello son la cantidad de fotos de platos de comida que se cuelgan en las redes sociales. ¿Qué hacemos barbacoa? Foto. ¿Qué salimos a comer al japo de moda? Foto. Porque hay que mostrarle al mundo lo felices que somos.

 No nos engañemos, ni confundamos felicidad con placer. Puede ser muy placentero saborear un plato exquisito, pero feliz, lo que se dice feliz por comérselo, sólo es aquel que no tiene para comer. Ese sí es feliz comiendo. El resto sólo está satisfaciendo temporalmente una necesidad inventada.

Tengo amigos a los que les ha cambiado la cara y el gesto según han pasado los años y han ido escalando posiciones en la jerarquía empresarial. Conducen mejores coches, y van siempre impecablemente vestidos. Pero su sonrisa no es la de ayer.

Algunos dirán que nuestros padres también trabajaban, y mucho, hasta los sábados por la mañana. Y se les veía felices. Es verdad. Trabajaban mucho. Pero hay una sutil diferencia entre las empresas de aquella época y las de ahora:  antes no eras un número. Eras un empleado, con nombre y apellidos. Antes no vivías con el miedo de perder tu puesto de trabajo. Ahora convives con él incluso siendo “el empleado del mes” porque en cualquier momento llega una fusión, y para obtener las consabidas sinergias, es necesario poner de patitas en la calle a 1500 personas de golpe y porrazo. Y entre esas 1500 estás tú. Y no pasa nada, porque sólo eres un número, no pasa nada porque aquí de lo que se trata es de obtener RENTABILIDAD. El mundo gira ahora en torno a la rentabilidad y lo demás no importa.

Esa es la pequeña diferencia.

Cuando yo era una niña, salir a comer a un restaurante era una “excepción tan excepcional” que la frecuencia de tal milagro se daba menos de una vez al año.

Ni yo ni mi familia fuimos jamás infelices por eso.

Pero ahora, si no te llegan los cuartos para salir a comer el fin de semana ¡qué desdicha tan grande!

Me pregunto qué ha cambiado, por qué antes con mucho menos éramos más felices. Y a lo largo de los últimos años, a base de viajar a países menos “desarrollados” (para mí, países menos “idiotizados”) he ido aprendiendo mucho sobre este tema, observando a las personas.

Mi conclusión es que aquí andamos “abducidos” por un sistema que nos tiene tan bien aleccionados que ni cuenta nos damos de que hace tiempo que no tomamos nuestras propias decisiones, que no tenemos gusto propio, que las riendas de nuestras vidas las están llevando otros, y nunca a nuestro favor. Hace tiempo que ni siquiera nos dejan ser dueños de nuestra propia felicidad.

Se me viene a la cabeza una de tantas historias que he leído o escuchado mientras vivía en Ecuador, que contaba cómo los indígenas de la sierra eran contratados para trabajar en la costa en régimen de semi-esclavitud. Vivían hacinados en condiciones infrahumanas, y para consolarse en sus pocas horas libres, el mismo patrón que les explotaba les vendía, a precio de oro, aguardiente local para ahogar las penas, y de paso, recuperar la inversión. Un negocio redondo.

A veces tengo la sensación de que, aunque sea a otro nivel, estamos cayendo en “la trampa del indio”.

Termino esta publicación de forma más esperanzadora recordando el día en que vi al hombre más feliz del mundo, también en esas tierras ecuatorianas.

Estaba casi al borde de un sendero, tumbado sobre la hierba en una pequeña loma, desde la que controlaba las ovejas que pastaban a su alrededor. Se levantó a saludarnos y en su cara pude ver, muy lejos del Paseo de la Castellana, el rostro de la felicidad.

P.D. La imagen es real, tomé esta foto hará un par de años, frente a una joyería. Me produjo tremendas nauseas, pero aun así la guardé para cuando llegara tal día como hoy.

Publicado por Maite Catalá

Buscando la forma de poner entre todos más sentido común y MAS AMOR en este mundo

2 comentarios sobre “El hombre más feliz que mis ojos han visto

  1. Muy buena la lectura. Algunos consiguen ver un sentido en esa cotidianeidad a pesar del peso y la presión por la rentabilidad venida “de arriba”. Por una parte les gusta la tarea que tienen entre manos (y no solo por motivos económicos, sino porque de verdad les gusta lo que hacen), pero por otra la presión que se pone sobre ellos en hacer lo que hacen es lo que hace que les deje de gustar.

    Yo creo bastante en esto: si haces lo que te gusta eres feliz, normalmente. Si te obligan a hacer lo que te gusta porque te ponen dead-lines que no puedes cumplir, te acaba dejando de gustar. Un factor directamente relacionado con esta sociedad “rentable” es el estrés. Tú has vivido en sociedades donde no se conoce lo que es el estrés, a pesar de vivir en condiciones infrahumanas! Esto me parece aleccionador, como en el post que pusiste antes que este: las crisis que nos obligan a ser menos rentables o consumir menos son también las que nos hacen apreciar más lo que tenemos y a lo que nos dedicamos. Yo no diría “YO NO VUELVO”, pero sí “YO NO VUELVO A LO DE ANTES, VUELVO COMO OTRO, RENOVADO, DISTINTO”.

    Eso es en el fondo el sentido de la Cuaresma cuando está vivida como debería ser y no como otra ocasión para acabar en el restaurante o el shop center.

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    1. Así es, el sentido del YO NO VUELVO es una manifestación de voluntad, de negarnos a volver a esa realidad que no nos gusta, a esa identidad que no es la nuestra. Hablando hace poco con una amiga sobre el trabajo y el mundo laboral, comentábamos justo lo que dices tú, que no era tanto el trabajo en sí, sino para quién trabajas, si te consideran persona o te consideran número. Porque de la misma forma que un puesto que te gusta te puede acabar disgustando por esa presión o desconsideración por parte de los superiores o los accionistas, puede pasar lo contario también, que accedas a un trabajo que en principio no es “gran cosa” pero que te hace sentir como parte de algo importante, y acaba gustándote por eso. Tiene más que ver con el hecho de que te cuiden y te valoren… Gracias por comentar !

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