¿Volver para ser nosotros mismos?

Lo recuerdo como un gran día, uno de los más felices de los últimos años.

Buenos amigos a los que llevaba tiempo sin ver, un día soleado de primavera…

Han pasado dos años y no hemos vuelto a vivir una jornada igual. Si, nos hemos visto, de cuando en cuando, para comer en algún restaurante acogedor y de menú apetitoso, o en alguna terraza para tomar una cerveza, pero nada que ver.

Cuando pienso en aquel día, me doy cuenta de que todo lo que hicimos fue lo que hacían los hombres hace miles de años, mucho antes de habitar las metrópolis, conducir coches híbridos o encargar sushi a través de una aplicación.

Antes de que todo eso ocurriera, la humanidad hacía exactamente lo que nosotros aquel día. Pasarlo juntos, en comunidad, y en la naturaleza.

Estuvimos compartiendo tiempo y espacio, comida ancestral – asado de cabrito – y juegos entre mayores y niños, padres primerizos y abuelos expertos, todos juntos y todos revueltos, en uno de esos pueblos encantadores que se están quedando sin habitantes y que a mis ojos son como oasis comparados con nuestro diario desierto de asfalto y hormigón.

(Pueblos a los que una se iría a vivir de cabeza si no fuera porque se están quedando sin atención médica ni transporte, ni comunicación).

Paseo por el campo después de comer, caminata de esas en que agarras un palo largo que encuentras por el camino para usarlo de bastón, y algún perro vagabundo te sigue los pasos preguntándose a dónde irás tú, que no conoces el camino.

Y curiosamente fue un día especial porque no hicimos nada del otro mundo.

Ese día, a mi amiga Marisa le hizo gracia ver cómo yo cerraba los ojos mientras comía, (como hacen muchos animales), y le adjudicaba el mérito al cabrito. Pero yo estaba saboreando mucho más que eso, saboreaba el día, el día entero con sus habitantes, sus horas, su amanecer y su puesta de sol.

Han pasado dos años, y no hemos podido organizarnos para repetir. La vida nos atropella, nos desordena, nunca tenemos tiempo. Siempre hay algo que hacer. Y nos seguimos privando de volver a nuestras raíces, de hacer aquello que nos devuelve a nuestra esencia haciéndonos más humanos.

Estoy convencida de que los problemas que en este momento afrontamos, derivan todos de uno solo, vienen todos del mismo instante, en que el hombre decidió darle la espalda a su propia naturaleza para dejar de ser él.

Quizá fue entonces cuando dejamos de ser “a imagen y semejanza” de Aquel que nos creó.

Volver a ser quienes realmente somos. Parecernos más a Dios en lugar de actuar como pequeños dioses… ¿será ese el quid de la cuestión?

Publicado por Maite Catalá

Buscando la forma de poner entre todos más sentido común y MAS AMOR en este mundo

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