Bendita agua

Cuando me uní a la iniciativa de trabajar en el huerto comunitario del barrio me sorprendió el hecho de que traían el agua en garrafas desde la fuente de un parque cercano, porque era la única opción para regar.

Entre las medidas anti-virus del ayuntamiento está la prohibición de usar estas fuentes hasta nueva orden, así que el riego se ha convertido en todo un reto.

Hace tiempo que, en casa, fruto de lo aprendido en otros lugares, guardo el agua de aclarar los platos y también esa que sale aún fría cuando te vas a duchar y que antes dejabas correr tan alegremente.  Con el agua que recojo, riego las plantas y limpio el baño. No es que tenga un fuerte impacto en la factura, no es ese el propósito. La finalidad es simplemente valorar lo que uno tiene y los demás no. Lo contrario es derroche, y un insulto para media humanidad.

Cuando ves niñas recorriendo kilómetros con un bidón sobre la cabeza en aldeas de Sierra Leona, o campesinos rezando para que el agua bendita salve sus cosechas, te das cuenta de que ese líquido transparente que sale del grifo como por arte de magia es en realidad lo más valioso que existe sobre la tierra.

Una compañera de trabajos agrícolas me dice que ella también la guarda. No creo que sea casualidad, es ecuatoriana.  

Desde que lo propuse, son varias las personas que aparecen en el huerto con sus garrafas de agua reciclada, y a lo tonto, estamos regando varios bancales de lechugas, tomates, pepinos, maíz, calabacín… con el agua que normalmente se habría ido a las alcantarillas sin más.

¿Nos damos cuenta, cada vez que tiramos de la cadena, que ese agua es potable?

Esta humanidad tan tecnológica que avanza a pasos terroríficos, no se ha planteado aún la importancia de diseñar viviendas y edificios que utilicen el agua captada de las lluvias y aprovechen el agua reciclada para que no tengamos que fregar el suelo con agua potable mientras millones de personas sufren enfermedades relacionadas con la ingesta de aguas contaminadas.

Y nosotros mismos, tampoco nos hemos dado cuenta del desperdicio que día tras día hacemos, cada vez que nos lavamos los dientes, o las frutas, o nos pegamos una ducha cantando el “oh sole mío” con toda tranquilidad.

Si no podemos llevarles el agua limpia y sana a aquellos que lo necesitan, al menos no tengamos la desfachatez de desperdiciarla como lo estamos haciendo.

Gracias al agua que no tiramos, poco a poco, en el huerto está creciendo comida. Y verla crecer es ser testigo del milagro de la vida.

En la foto de hoy, una “regadera” que traje de Sierra Leona que es en realidad una cisterna móvil… Las personas la llevan consigo cuando van a hacer sus necesidades dándole buen uso al agua reciclada en la casa.

Publicado por Maite Catalá

Buscando la forma de poner entre todos más sentido común y MAS AMOR en este mundo

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