Mientras las cosas sigan como están

“Tercer Mundo”. Así se llamaba entonces, cuando yo iba aún al colegio y allí nos hacían conocer, desde bastante pequeñas, la realidad de los niños en esos otros países en los que, por razones que no alcanzábamos a comprender, Dios parecía haberse olvidado de sus hijos.

Participábamos activamente en el “Domund”, pedíamos limosna huchita en mano y molestábamos a todos los vecinos esperando llevar al día siguiente un pesado montón de monedas, tal vez algún billete, y poner así nuestro granito de arena “para acabar con el hambre en el mundo”.

En mi inocencia, recuerdo que estaba convencida de que cuando fuera mayor, eso ya no existiría. El mundo habría progresado, los hombres habrían sido capaces de generar riqueza suficiente para que nadie pasara hambre, los niños y niñas podrían entonces ir al colegio y jugar sin preocuparse de nada más que de seguir aprendiendo. De verdad lo creía.

Pasaron los años y efectivamente, la humanidad se iba enriqueciendo más y más. Incluso en casa vivíamos mucho mejor. Se notaba en la comida, y en la ropa, en los viajes veraniegos a Irlanda para mejorar el inglés. El mundo iba a mejor, de eso ya no cabía duda.

Mi vida progresaba adecuadamente, terminé mi carrera y empecé a trabajar. Me independicé, y un puente de Mayo que se estiró hasta San Isidro me escapé como quien no quiere la cosa, al Senegal. Y allí comprobé cómo los niños de las fotos que me enseñaban en el colegio se parecían demasiado a los que tenía delante, veinte años después.

Y me pregunté por qué, y empecé a leer, a investigar por mi cuenta, y hasta ahora continúo indagando dónde se alimentan las raíces de esa pobreza.

Y leo sobre empresas españolas que hacen su agosto pescando en aguas africanas, de holandeses que se comen las hortalizas que en África se cultivan “por encargo”, leo de multinacionales que se enriquecen a base de trabajo esclavo en el Congo, de empresas chinas que llegan a un país y arrasan con todo, disfrazando su actividad de cooperación internacional.

Mujeres y niñas que son engañadas y vendidas al mejor postor.

Y millones de occidentales mirando para otro lado, mientras estrenan la última versión de teléfono móvil fabricado con coltán manchado de sangre.

Excedentes de productos agrícolas que se envían a África con precios irrisorios, destruyendo el ya empobrecido mercado local.

Las cosas no siguen como estaban. Las cosas van peor. Dicen que no, que ya van más niñas al colegio, que hay más hospitales y es verdad. Pero los avances en salud y educación son ínfimos comparados con los avances en abusos, explotación, y destrucción.

Y ahora, también el cambio climático se ceba especialmente con ellos, que son los que menos lo han provocado.

Y seguiremos diciendo que nos dan mucha lástima, pero que no es nuestra culpa. Le echaremos como siempre la culpa a Dios, a la fuerza mayor.

Tememos que nos invadan, que quieran gozar de una vida digna en nuestro país, queremos proteger “lo nuestro” olvidando que hace tiempo que les estamos arrebatando “lo suyo” sin el menor pudor.

Nos cuesta horrores hacer un donativo, hacernos socios de alguna ONG, dudando de que llegue todo el dinero, de que lo gestionen con eficiencia, de que el impacto sea el deseado… Pero a la vez, ¡nos cuesta tan poco usar ese mismo dinero en cosas que apenas vamos a utilizar, sabiendo con toda seguridad que va a ser dinero perdido!

En la mitad de mi vida soy menos ingenua, pero no por eso pierdo la esperanza. Estoy convencida de que llegará un día en que nos demos cuenta de que todos estamos conectados, y que aquí o nos va bien a todos, o se nos cae el invento que llamamos “buena vida”.

Hemos llegado a un punto en que, aunque sea por puro egoísmo, debemos ayudar. Para que las cosas, por fin, cambien.

Publicado por Maite Catalá

Buscando la forma de poner entre todos más sentido común y MAS AMOR en este mundo

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