Aprender a pescar con el estómago vacío

“Dale a un hombre un pescado y comerá un día, enséñale a pescar y comerá toda la vida”.

Este proverbio se ha utilizado mucho en el mundo de la cooperación y la ayuda humanitaria, identificando dos posturas bien diferentes en cuanto al actuar frente a la pobreza:  dar pescado se identifica con el asistencialismo, el paternalismo, y enseñar a pescar, con el desarrollo, el crecimiento, el progreso.

Se me viene a la cabeza la clásica diferenciación que distingue entre gasto e inversión. El pescado es el gasto, la formación en pesca, la inversión. Pero ¿invertiríamos por ejemplo en placas solares allí donde no luce nunca el sol? ¿No debería haber unas condiciones previas para aprender a pescar?

Tradicionalmente miramos con mejores ojos aquellos proyectos que construyen cosas que podemos tocar, que quedan para los años, en detrimento de aquellos otros en los que vemos muchos “conceptos de gasto” y pocos de inversión. Y uno de esos gastos es el de la alimentación. Dar de comer a las personas no está bien visto, no para nuestros ojos que lo ven todo en términos de obtener resultados casi inmediatos.

Por eso, las organizaciones se las ven y se las desean para demostrar que no estamos hablando de un rubro que pueda ni deba sacarse alegremente de los presupuestos en épocas de crisis.

Reducción de la atención, falta de concentración a la hora de realizar tareas, dificultades para aprender, comunicarse y socializar, y por supuesto, retraso en el crecimiento físico y motor. Eso y mucho más es lo que sufren los menores que no tienen acceso a la alimentación.  

Según Save the Children, los niños y niñas con desnutrición tienen un 20% menos de probabilidad de aprender a leer y a escribir y un 7% más de probabilidad de cometer errores en cálculos aritméticos básicos.

En Sierra Leona, donde trabajan mis amigas las Misioneras Clarisas, un 28.8% de los niños sufre desnutrición crónica según datos de UNICEF. En tiempos de Covid, las autoridades recientemente han autorizado la reanudación de las clases, no así el servicio de comedor que algunos colegios ofrecían. ¿Y qué hacen las misioneras en semejante situación? Dotarles de un pequeño suministro para que puedan alimentarse en casa.

Sin irnos tan lejos, aquí en España, tenemos ya serios problemas de desnutrición infantil. Se discute mucho sobre la eficacia de la renta mínima aprobada por el Gobierno, planteando si no frenará a sus beneficiarios en la operación búsqueda de empleo. Pero nadie presta atención a los niños en este contexto, obviando el hecho de que gran parte de esa renta será dedicada a la alimentación de los menores de las familias que la reciban.

Tenemos que ir cambiando el chip en lo que al “gasto” en alimentación se refiere y darnos cuenta de que alimentar niños no es otra cosa que invertir en su futuro. Aquí y en Sierra Leona, los menores de hoy mañana serán adultos que tengan que enfrentarse con situaciones tan aterradoras como el cambio climático, que ya está empezando a hacer estragos en todo el mundo. La situación es tal que ni tan siquiera tenemos nociones de cómo “enseñarles a pescar” para vivir con dignidad dentro de 10 o 15 años. Solo una cosa es segura: lo que invirtamos hoy en su desarrollo (físico, humano, educativo) será decisivo para el mundo de mañana.

Así que, mientras aprenden a pescar, darles pescado será sin duda la mejor inversión.

Publicado por Maite Catalá

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