De cómo ser niña en Sierra Leona y que además te dejen serlo

El día en que me crucé con Kadiathu por primera vez llevaba la cabeza cubierta con un velo que dejaba ver su rostro infantil, manga larga y falda hasta los tobillos a pesar del tórrido sol del mediodía. Bien tapada como mandan las normas locales, porque a los 12 años una ya es una mujer, y como tal está sujeta a las miradas masculinas. Hay que protegerse, y esa es su manera de hacerlo.

Me sorprendió por su valentía, al cerrarme el paso en la calle sin conocerme de nada, y preguntarme directamente: “¿Puedes ayudarme a ir al colegio?”. Su familia no contaba con recursos suficientes y como ocurre en estos casos, el primer concepto del presupuesto familiar que queda eliminado es el de la educación de las niñas.

La ayudé, y tras algunas pruebas de nivel, quedó admitida un curso por debajo del que debería por su edad. La recuerdo feliz cuando pudimos completar la compra de todo lo necesario, según la lista que ella misma me entregó tras pedir presupuesto en todos los puestos y pequeñas tiendas del mercado:  2 bolígrafos, lápiz, borrador, tres cuadernos, zapatos, uniforme, cinturón…

Cuando le pregunté por qué quería ir al colegio, ella me contestó con contundencia: “No quiero estar en casa ni andar por ahí, quiero ir al colegio y aprender”.

Han pasado dos años, en los que Kadiathu debería haberse graduado y comenzado secundaria en circunstancias normales. Pero no ha sido el caso, porque en Sierra Leona, las circunstancias de las niñas, simplemente no son normales.

Su padre, enfermo del hígado, falleció, y Kadiathu quedó a cargo de su abuela cargada de años y de dolores. Sus notas se resintieron y empezó a faltar a clase.  Cargada de tareas domésticas y sin luz eléctrica, ya de por sí es difícil estudiar, pero si además la escuela es la última de las prioridades para la familia, (si es que existe) ir a clase y aprobar se convierte en una batalla diaria contra corriente. Y supongo que algún día, se encontró sin fuerzas para seguir y sucumbió. No aprobó la primaria, y le faltaron las ganas para volver a estudiar el mismo curso por tercera vez. Se fue a vivir con su madre, que hasta entonces no le había prestado mayor atención y sólo unos meses después tuve noticias. Una amiga y vecina suya me llamó. Kadiathu estaba embarazada de 8 meses.

Lloré.

Lloré por esa niña de 13 años, por la facilidad con la que su futuro había sido truncado. Lloré por todas las Kadiathus que cada día son violadas o abusadas en Sierra Leona, hasta el punto que ha sido necesario promulgar una ley específica que castigue con mayor contundencia estas horribles conductas.

Pero sobre todo, lloré porque las primeras palabras que me dirigió cuando por fin pude hablar con ella fueron “Lo siento”. Como si me hubiera decepcionado, como si tuviera que disculparse porque la vida allí donde ella vive se ensaña con las más inocentes, como si recibir la poca ayuda que le di la obligara a ser la niña más ejemplar del país.

Ahora que Kadiathu sabe que no tiene nada por lo que disculparse, está más ilusionada, y en cuanto las medidas para controlar el covid lo permitan, comenzará su formación en una escuela de oficios, dirigida por las misioneras clarisas. Aprenderá a coser, o hacer peinados para cabellos afro, o a cocinar, y ojalá pueda en un futuro ganarse la vida y sacar adelante a su hija (si, es niña…) con alguna de estas profesiones. Si lo consigue, será muy afortunada.

La ONG Save the Children ha estimado un total de 23.000 nuevos embarazos adolescentes sólo como consecuencia del Covid. Y es que quedarse en casa o en el barrio, y en definitiva, no ir a la escuela es uno de los factores que más determinan el futuro de las niñas del país.

Hace tiempo que Adriana, la madre superiora de las clarisas en la región, me viene comentando que no entiende por qué todos los esfuerzos de las ONG se vuelcan en mujeres y niñas, como si los niños y los hombres no fueran partícipes de su misma realidad.

Y estoy de acuerdo con ella. ¿De qué sirve empoderar a mujeres y niñas, mostrarlas su enorme valor, si los hombres, desde niños, aprenden a considerarlas como seres inferiores? ¿Cómo va a poder un niño, un futuro hombre, valorar a las mujeres, si las niñas de la casa apenas pueden ir a la escuela y son condenadas a madurar cuando aún deberían estar jugando con muñecas?

Desde este lado del Mediterráneo se nos escapan estas realidades. Tal vez pensamos que las cosas son así de terribles y que no hay mucho que podamos hacer. Nada más lejos de la realidad.

Sabiendo que las niñas que continúan su formación, ya sea en educación secundaria o en escuelas vocacionales tienen mucha menos probabilidad de quedarse embarazadas, tenemos la llave para cambiar sus vidas, en lugar de leer con tristeza que tal día como hoy, ese mismo mar ha sido tumba para madres que buscan un futuro mejor para sus hijos.  

En palabras del Obispo recientemente fallecido Pedro Casaldáliga:

“Es tarde, pero es nuestra hora

 Es tarde, pero es todo el tiempo que tenemos para hacer el futuro

Es tarde, pero somos nosotros esa hora tardía

Es tarde, pero es madrugada si insistimos un poco”.

Publicado por Maite Catalá

Buscando la forma de poner entre todos más sentido común y MAS AMOR en este mundo

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