Maestros insospechados

Esta semana la vida me ha regalado una maestra de cuatro patas, un rabo tieso y un enorme hocico que todo lo quiere oler.

En nuestros paseos, galopa como un potro salvaje ante cualquier estímulo que intuye en la lejanía. Y con la misma convicción se detiene y se sienta en medio del camino.

No importa que yo tire de la correa, que la llame veinte veces por su nombre. Mía se moverá – y yo tras ella – sólo cuando quiera.

Como buena guía, te lleva por caminos pedregosos que acaban en hermosas lagunas, obligándote a frenar simplemente para respirar.

El “yo no vuelvo” de hoy va para esa vida sin tiempo de vida que nos condenamos a llevar; a esos paseos cronometrados en que comprobamos en el móvil cuántos pasos llevamos caminados, y cuántos nos faltan para llegar al objetivo.  Hasta en eso nos ponemos objetivos. Ya no sabemos ni pasear…

Mía me ha recordado estos días que merece la pena correr para no perder una oportunidad deseada, pero si no la vemos, ni la intuimos cerca, es mejor relajar el paso, detenerse, oler, escuchar, mirar con ojos nuevos todo lo que nos rodea.

No me ha dejado más opción. Me ha obligado a observar las nubes, las encinas y las hormigas. A escuchar el viento y sentirlo en la cara, levantándola hacia el cielo, como hace ella, a detener el pensamiento y el reloj.

Gracias, compañera, no tengo muy claro quién ha cuidado a quién estos días.

Publicado por Maite Catalá

Buscando la forma de poner entre todos más sentido común y MAS AMOR en este mundo

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